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DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO – 6 de noviembre de 2011

Mateo 25, 1-13

Virgenes prudentes

“¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entre admiración y nervios llega esa advertencia. Sin embargo no todas las doncellas, estaban preparadas. La llegada del novio les pilla de improviso. ¿Qué podemos hacer ahora? Hay situaciones que no se improvisan. Son las necias del evangelio que se quedan a las puertas del banquete. Por suerte hay otras, precavidas, previsoras, preparadas y dispuestas. Enseguida reconocen y reciben al esposo. Ellas pasan al banquete. Son las sensatas del evangelio.

El recordado Juan Pablo II afirmaba respecto a este evangelio: “El evangelio de hoy habla del amor”. Nosotros, como las vírgenes sensatas, estamos invitados a salir al encuentro de Jesucristo, el Esposo; a velar con la lámpara del amor encendida; a encontrarnos con él mientras llega. A manifestar nuestra espera con numerosos actos de amor al prójimo. De este modo también seremos invitados a participar en el banquete de bodas.

Sabemos que nuestro mundo sigue en déficit de amor al prójimo. En demasiadas ocasiones estamos adormilados ante nuestros hermanos y apagamos las lámparas de la solidaridad. Personas y pueblos enteros lo pasan mal y no siempre hay quien vele por ellos. Parece que no tuvieran lugar en ningún banquete y en ninguna fiesta.

Las lámparas que esperan al esposo se rellenan con el aceite de las buenas obras. Hoy abrimos los ojos para reconocer a Jesucristo, y, al mismo tiempo, tendemos las manos al hermano que sufre. Así nunca se apagarán las lámparas ni se acabará el aceite. La comunidad cristiana reconoce a Jesucristo en los pobres y desamparados, los acoge y cura sus heridas. Así, y sólo así, el banquete será una realidad para todos.

Domingo 31 del tiempo ordinario – 30 de octubre de 2011

Mateo 23, 1-12

 

Sólo uno es vuestro Maestro y sólo uno es vuestro Padre, el del cielo. Hoy escucharemos un texto del evangelio en el que Jesús, indignado ante los fariseos, no deja títere con cabeza y nos recuerda una de las tentaciones fundamentales de la historia de las sociedades y de las culturas: aclamar a cualquiera como dios y señor. El pueblo de Israel se dejó seducir por baales, pero sólo Dios le salvó. En tiempos de Jesús muchos hablaban de Dios, pero sólo el Nazareno dio su vida por todos. En el momento presente hay muchos que sueñan con tener adeptos a cualquier precio, pero sólo el Evangelio es auténtica Palabra de Vida que ilumina nuestra existencia.

 

Benedicto XVI se preguntaba hace unos años en París: “¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? El dinero, el afán de tener, de poder e incluso de saber, ¿acaso no desvían al hombre de su verdadero fin, de su auténtica verdad?” y continuaba “¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar?” Evidentemente su respuesta es clara “vivir siempre con Dios” y, por tanto, no dejarse seducir por falsos señores.

 

La iglesia y cada uno de los cristianos tenemos el compromiso de anunciar y proclamar al verdadero Dios con obras y palabras. De algún modo somos sacramento visible del Dios invisible, para que el mundo crea. Pero debemos cuidar mucho de acompañar nuestras palabras con obras para no caer en las prácticas de los fariseos que Jesús con tanta fuerza denuncia.

 

En esta semana que comienza damos gracias a Dios por la vida de todos los santos, ellos se han dejado enamorar por el único Maestro, el único Señor y el único Padre. Ellos son modelo de vida y de entrega que nos ayudan a ver, más de cerca, al verdadero Padre, Maestro y Señor… el del Cielo.

 

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO – 23 de octubre de 2011

Mateo 22, 34-40

DOMUND

El Evangelio siempre es claro y deja poco lugar a dudas, “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Dos mandamientos en uno.  Jesús de Nazaret destaca el precepto fundamental del pueblo judío pero lo vincula con el amor al prójimo. Amor a Dios y al hermano son dos caras de la misma moneda.

Benedicto XVI en su primera encíclica, afirma que “Jesús haciendo de ambos un único precepto ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo. Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero, ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro” (DCE 1). Desde este momento nunca podremos decir que amamos a Dios si cerramos el corazón al hermano. O dicho de otro modo, el amor al hermano, al prójimo, al necesitado, nos lleva al Dios verdadero.

Esta es la experiencia que miles de misioneros viven en carne propia. Ellos están consagrados a Dios y dan su vida por el prójimo. Ellos viven el amor en situaciones de máxima precariedad y dificultad. Ellos se quedan cuando muchos se van. Ellos arriesgan la propia vida por estar al lado de los más débiles. Son la vanguardia de un amor que nace en Dios y empapa la humanidad entera de Evangelio.

Siguiendo las palabras de Benedicto XVI, los cristianos “hemos creído en el amor de Dios” y nuestra vida se ha transformado. En esta jornada del Domund recordamos a nuestros misioneros, oramos por ellos y colaboramos para que tengan los medios necesarios. Además reconocemos que no hay mejor anuncio del Evangelio que entregar la vida por los demás, especialmente por los más necesitados.

 

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