Domingo 31 del tiempo ordinario – 30 de octubre de 2011

Mateo 23, 1-12

 

Sólo uno es vuestro Maestro y sólo uno es vuestro Padre, el del cielo. Hoy escucharemos un texto del evangelio en el que Jesús, indignado ante los fariseos, no deja títere con cabeza y nos recuerda una de las tentaciones fundamentales de la historia de las sociedades y de las culturas: aclamar a cualquiera como dios y señor. El pueblo de Israel se dejó seducir por baales, pero sólo Dios le salvó. En tiempos de Jesús muchos hablaban de Dios, pero sólo el Nazareno dio su vida por todos. En el momento presente hay muchos que sueñan con tener adeptos a cualquier precio, pero sólo el Evangelio es auténtica Palabra de Vida que ilumina nuestra existencia.

 

Benedicto XVI se preguntaba hace unos años en París: “¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? El dinero, el afán de tener, de poder e incluso de saber, ¿acaso no desvían al hombre de su verdadero fin, de su auténtica verdad?” y continuaba “¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar?” Evidentemente su respuesta es clara “vivir siempre con Dios” y, por tanto, no dejarse seducir por falsos señores.

 

La iglesia y cada uno de los cristianos tenemos el compromiso de anunciar y proclamar al verdadero Dios con obras y palabras. De algún modo somos sacramento visible del Dios invisible, para que el mundo crea. Pero debemos cuidar mucho de acompañar nuestras palabras con obras para no caer en las prácticas de los fariseos que Jesús con tanta fuerza denuncia.

 

En esta semana que comienza damos gracias a Dios por la vida de todos los santos, ellos se han dejado enamorar por el único Maestro, el único Señor y el único Padre. Ellos son modelo de vida y de entrega que nos ayudan a ver, más de cerca, al verdadero Padre, Maestro y Señor… el del Cielo.

 

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